En el marco del Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo 2026, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha lanzado una pregunta que resuena con fuerza en las profundidades de la tierra: «¿Qué tal el trabajo?». Esta campaña, que busca garantizar entornos psicosociales saludables, cobra una relevancia dramática en la minería subterránea profunda, uno de los escenarios más hostiles para la fisiología y psicología humana debido a la convergencia de riesgos geomecánicos y condiciones ambientales extremas.
Uno de los mayores desafíos en estos socavones es el estrés térmico, alimentado por el calor de las rocas, el agua subterránea caliente y la actividad operativa de maquinaria y explosivos. Técnicamente, este riesgo se mide a través de la temperatura efectiva, combinando humedad y velocidad del aire para determinar el confort térmico.
Las investigaciones son tajantes: existe un umbral crítico de 27°C (80°F). Al superar esta temperatura, la capacidad del cuerpo para autorregularse se ve severamente desafiada, provocando un deterioro drástico en la coordinación motriz y en la toma de decisiones rápidas. Fisiológicamente, el organismo desvía el flujo sanguíneo a la periferia para enfriarse, lo que puede causar isquemia en otros órganos y una degradación del rendimiento cognitivo.
El fenómeno de los «atajos» peligrosos
Más allá del daño físico, el calor actúa como un disruptor psicosocial. El minero bajo tensión térmica entra en un estado de irritación y enojo, volviéndose propenso a realizar actos inseguros. Surge aquí un fenómeno crítico: la tendencia a tomar «atajos». Ante el malestar insoportable, el trabajador busca terminar la tarea lo más rápido posible para «escapar del calor», omitiendo protocolos de seguridad vitales. No es coincidencia que las tasas de accidentes se disparen en frentes de trabajo que exceden los 27°C.
A la carga térmica se suma el factor psicológico del confinamiento. Operar en espacios con aberturas limitadas y atmósferas potencialmente tóxicas genera una hipervigilancia constante ante el temor a derrumbes o explosiones. Este estado de alerta perpetua no es gratuito; consume rápidamente los recursos mentales, produciendo fatiga mental y una desactivación cortical que nubla el juicio del trabajador.
Bajo este estrés crónico, el minero tiende a «rumiar» sus peligros, lo que embota su capacidad intelectual y dificulta su capacidad de respuesta ante emergencias.
Para combatir este «infierno» subterráneo, normativas como el D.S. 024-2016-EM exigen controles estrictos, como la ventilación forzada para mantener temperaturas de confort entre 24°C y 29°C, además de suministrar agua fresca y periodos de descanso obligatorios.
Sin embargo, el mensaje de la OIT para este 2026 es claro: la gestión del binomio estrés térmico-confinamiento es vital no solo para prevenir desastres físicos, sino para proteger la integridad mental del trabajador18. En la minería profunda, garantizar un entorno saludable significa entender que, cuando el termómetro sube, la seguridad mental es la primera en estar en riesgo.

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