En el marco del Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo 2026, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha lanzado una campaña que interpela directamente al corazón de las operaciones industriales: «¿Qué tal el trabajo? Garanticemos un entorno psicosocial saludable en el trabajo». En la industria minera, esta pregunta encuentra su respuesta más crítica en un fenómeno que a menudo se subestima pero que tiene consecuencias letales: la fatiga acumulativa.
Para los expertos en seguridad y salud en el trabajo (SST), la fatiga en la mina no es simplemente sentirse cansado tras una jornada larga. Se define técnicamente como una deficiencia y una respuesta biopsicosocial compleja que deteriora el estado de alerta, el rendimiento y la eficacia del trabajador.
El problema central radica en la fatiga acumulativa. En los ciclos de trabajo intensos típicos de la minería, se produce una restricción de sueño leve pero repetida, lo que genera una deuda de sueño que el trabajador no logra recuperar totalmente durante sus periodos de descanso. Dado que el cerebro solo puede recuperarse mediante el sueño, cualquier interrupción en su calidad o cantidad degrada inevitablemente las funciones cognitivas superiores.
«Piloto automático» y el peligro de la altura
Uno de los efectos más perniciosos de este estado es la degradación de la atención sostenida. La fatiga acumulada provoca una reducción del campo visual y de la atención periférica, induciendo al operador a un estado de «piloto automático» donde se ignoran señales de advertencia o alarmas críticas.
Este escenario se vuelve aún más peligroso en la minería de altura. La hipoxia hipobárica (falta de oxígeno) obliga al trabajador a realizar un esfuerzo mental adicional para compensar la deficiencia de oxígeno, lo que acelera la fatiga cognitiva e incrementa la irritabilidad.
La seguridad operativa se ve directamente comprometida por estos factores. Según datos de Caterpillar Global Mining, se estima que el 65% de los accidentes de camiones de acarreo en la industria se deben a la fatiga del operador.
La gravedad técnica de este estado es comparable a una intoxicación etílica. Un minero fatigado presenta tiempos de reacción similares a los de una persona bajo los efectos del alcohol, deteriorando su capacidad de juicio tanto o más que un estado de ebriedad. En la operación de camiones gigantes y maquinaria pesada, este retraso en la respuesta física suele culminar en incidentes catastróficos.
Bajo condiciones de fatiga circadiana, especialmente durante el turno de noche, el riesgo de experimentar microsueños aumenta exponencialmente. Estos breves episodios de sueño ocurren cuando la persona debería estar despierta. Estadísticamente, los accidentes por fatiga son más probables entre la medianoche y las 6 de la mañana, y nuevamente entre las 2 y las 4 de la tarde, momentos en los que el cuerpo alcanza sus niveles biológicos de alerta más bajos.
A pesar de la evidencia, el ser humano es un deficiente evaluador de su propio cansancio. Muchos trabajadores afirman sentirse bien cuando su capacidad operativa ya está severamente disminuida, un fenómeno de subestimación del síntoma que eleva el riesgo operativo.
Ante esta realidad, la normativa actual, como el D.S. 024-2016-EM en Perú, obliga a las empresas mineras a implementar programas específicos para identificar, prevenir y controlar la fatiga y somnolencia.
Gestionar la fatiga ya no puede verse como una medida secundaria de bienestar. Es una estrategia crítica de supervivencia operativa que debe integrarse en la matriz de Identificación de Peligros y Evaluación de Riesgos (IPERC) con la misma rigurosidad técnica que se aplica a los riesgos geomecánicos o de explosivos. Solo así, abordando la salud mental y biológica con seriedad, podremos garantizar el entorno psicosocial saludable que la OIT promueve para este 2026.

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