Cada año, cerca de 2,78 millones de personas mueren en el mundo por accidentes o enfermedades relacionadas con el trabajo, según estimaciones internacionales. Lo más alarmante es que los jóvenes de entre 15 y 24 años presentan tasas de lesiones laborales considerablemente más altas que los adultos. Este panorama exige una transformación profunda en la manera en que las nuevas generaciones se preparan para ingresar al mundo laboral.
La respuesta no está únicamente en reforzar las leyes o endurecer las sanciones. Está en educar desde el principio, de forma integral y práctica, a los futuros trabajadores. En este contexto surge una propuesta clave: transversalizar la Seguridad y Salud en el Trabajo (SST) en todos los niveles de la formación profesional, cuyas características se encuentran en la Guía para la Transversalización de la SST en programas de formacvión profesional, elaborada por la OIT.
Tradicionalmente, la SST se ha abordado como un módulo teórico al inicio de los cursos. Pero la nueva estrategia educativa plantea un cambio radical: que la seguridad no se enseñe como algo adicional, sino como un saber transversal que esté presente en cada clase, proyecto y práctica profesional.
Esta visión busca que el estudiante no perciba la seguridad como una serie de normas aburridas, sino como una herramienta esencial para el ejercicio responsable y ético de su profesión. Para lograrlo, la transversalización debe darse en dos niveles complementarios:
- Horizontal, articulando los contenidos de SST con las asignaturas técnicas que se imparten en simultáneo.
- Longitudinal, asegurando la presencia del tema desde el inicio hasta el final de la formación.
La implementación de esta estrategia exige el compromiso de todos los actores educativos y una estructura metodológica clara. Estos son los cinco pilares fundamentales:
- Diseño basado en competencias: no se trata solo de transmitir información, sino de formar habilidades concretas. La SST debe estar integrada en los perfiles de egreso, detallando capacidades como el cuidado personal, la gestión del riesgo y la responsabilidad colectiva.
- Análisis de procesos reales de trabajo: para que la enseñanza sea pertinente, es necesario analizar los escenarios laborales reales y sus riesgos. Así, los estudiantes podrán anticipar, prevenir y reaccionar ante situaciones de peligro.
- Aprendizaje activo: la teoría es necesaria, pero insuficiente. Por eso se incorporan metodologías prácticas como juegos de roles, simulaciones, trabajo por proyectos y recursos digitales que permiten aprender haciendo.
- Whole School Approach (WSA): la seguridad no debe limitarse al aula. El enfoque de escuela segura implica que todo el entorno educativo se convierta en un modelo de buenas prácticas, involucrando a docentes, directivos, familias y estudiantes.
- Enfoque en el desarrollo neuroevolutivo: los jóvenes no son adultos en miniatura. Comprender su etapa de madurez cerebral permite adaptar la enseñanza y promover una cultura de autocuidado realista, empática y sostenible.
Diversas experiencias muestran que cuando se aplica esta estrategia, los resultados son contundentes: las tasas de accidentes laborales en jóvenes formados en SST pueden reducirse hasta en un 50 %. Además, se fomenta un entorno laboral más saludable, resiliente y preparado para los desafíos del futuro, como el estrés, las nuevas tecnologías o la precarización del empleo.
En 2022, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoció por primera vez la Seguridad y Salud en el Trabajo como un derecho fundamental. Esto implica que los países deben garantizarla desde la formación. No como un añadido, sino como parte del ADN profesional de cada trabajador.

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